Los campesinos en California y en todo el país lamentan la muerte de Mo Jourdane El abogado logró que California prohibiera “el cortito”, la azada de mango corto que causa lesiones graves

OBITUARIO |

Por Marc Grossman

Mo Jourdane dedicó su vida a sobreponerse a múltiples tragedias, encontrando un nuevo propósito al cambiar las vidas de las personas marginadas y al dedicarse a su familia. Poco antes de su muerte, su hijo Jonathan le preguntó qué parte de su labor lo hacía sentir más orgulloso. Él respondió de inmediato que había sido la defensa de los campesinos. A Mo se le conoce sobre todo por haber logrado que el estado de California aboliera el uso del cortito, el infame azadón de mango corto.

Mo, de 83 años, falleció el 5 de septiembre tras una lucha de dos años contra el cáncer. De manera muy apropiada, fue al final de su estación favorita, el verano; había buenas olas para surfear y era el fin de semana del Día del Trabajo, cuando se rinde homenaje a los trabajadores.

Maurice “Mo” Jourdane nació en Los Ángeles en 1942 y creció en Huntington Park: un defensor inesperado de los campesinos. Pero de niño solía ir a la pequeña granja de aguacates de su abuelo en Vista, cerca de Oceanside, donde aprendió sobre la difícil situación de los campesinos que recolectaban fruta y también aprendió español.

La primera tragedia que superó fue la polio, que contrajo en tercer grado a principios de la década de los 50, antes de que existiera una vacuna. Los niños morían o quedaban discapacitados. Lo trataron con compresas calientes en las piernas y natación. Le llevaban la tarea a casa. Su respuesta a la polio durante ese año fuera de las aulas fue convertirse en un estudiante y deportista incansable.

A los 17 años, se mudó a Hawaii para surfear olas grandes. Luego estudió en la Universidad Estatal de San José y en la Facultad de Derecho de la Universidad de California en San Francisco, donde se graduó como el mejor de su clase.

El mayor logro de Mo para los campesinos fue su incansable y exitosa lucha para prohibir el uso del azadón corto por parte de las empresas agroindustriales. Esta herramienta causó lesiones incapacitantes a generaciones de campesinos, al obligarlos a trabajar agachados en tareas agotadoras mientras podaban, desyerbaban y cosechaban hasta 10 o 12 horas al día, a menudo bajo un calor insoportable.

El senador republicano estadounidense George Murphy, de California, hizo en 1964 una declaración infame al decir que los campesinos mexicanos “tienen una complexión baja… para que les sea más fácil agacharse”.

Durante casi una década, entre los años 60 y 70, mientras trabajaba con la Asistencia Legal Rural de California (CRLA por sus siglas en inglés), Mo investigó y defendió incansablemente la prohibición estatal de ese odiado instrumento. A través de negociaciones con las empresas y de acciones administrativas y judiciales, superó la fuerte oposición de la administración conservadora y favorable a los agricultores del gobernador Ronald Reagan. Con la llegada al poder de un nuevo gobernador, Jerry Brown, a mediados de la década de los setenta, Mo y la CRLA lograron una victoria épica. En colaboración con la Unión de Campesinos, la UFW, otros abogados de la CRLA y voluntarios, Mo convenció a la Suprema Corte de Justicia de California para que obligara al estado a eliminar el uso del azadón corto en los campos.

Mo narró esta cruzada histórica en su libro de 2004, El Cortito: La lucha por la salud y la protección legal de los campesinos. Su historia es un recordatorio impactante de la vergonzosa opresión que sufrieron los campesinos empobrecidos hasta la década de 1970. Pasó el resto de su vida luchando por superar esa injusticia y recordándole siempre a la gente la tarea que aún quedaba por hacer, en parte mediante su apoyo a la UFW. Entre sus triunfos se encuentra: 

    • A los niños en edad escolar que hablaban español en el pequeño pueblo de Soledad, al sur del condado de Monterey, se les colocaba en clases para lo que en ese entonces se denominaba “retrasados mentales” debido a sus bajos resultados en el coeficiente intelectual (CI) en los exámenes hechos en inglés, simplemente porque los alumnos no entendían el inglés. Mo presentó una demanda colectiva que, en última instancia, puso fin a esa práctica en California y ordenó que se sacara de esas clases a 55 000 niños clasificados erróneamente. Este caso impulsó la creación de la educación bilingüe y reformas muy necesarias en la educación especial.
    • Una maestra de la ciudad vecina de Greenfield fue despedida por animar a hijos de campesinos migrantes a ir a la universidad. La demanda de Mo le permitió recuperar su trabajo y puso fin a esa práctica.
    • Presentó una demanda colectiva en el condado de Los Ángeles, Maria P. contra Riles, que impidió que los distritos escolares se negaran a educar a los estudiantes no ciudadanos que carecían de pruebas de su estatus migratorio.
    • Abela contra el Distrito Escolar Unificado de Riverside fue un juicio sobre una demanda que Mo presentó en nombre de una alumna de secundaria a quien el distrito quería suspender de forma sumaria por haber participado en una pelea, alegando que se encontraba “mentalmente incapacitada” para asistir a clases. Ganó el caso y también logró poner fin a esa práctica.

Mo se encargó de casos históricos como abogado de la recién creada Comisión Estatal de Relaciones Laborales Agrícolas (ALRB por sus siglas en inglés). Llevó con éxito un caso en el que se confirmó la regla de acceso de la ALRB, que permitía a los campesinos hablar con los organizadores sindicales en los campos fuera del horario laboral, así como un caso clave contra el gran productor de lechuga Bruce Church Inc. A lo largo de sus años en la CRLA y la ALRB, “si eras una empresa que abusaba de sus trabajadores y Mo Jourdane estaba del otro lado, sabías que tenías problemas”, comentó su hijo Jonathan Julio Jourdane.

“Su lema, que repetía con frecuencia, era: ‘Si ves que alguien está en peligro, haz algo al respecto’”, recordó Olivia Flores Jourdane, su esposa y compañera de vida durante más de 42 años. “Así fue como vivió su vida.”

La segunda tragedia de Mo ocurrió en 1977. Conducía de madrugada de Santa María a Bakersfield para entrevistar a campesinos en el marco de un caso de la ALRB. En la carretera, en la más absoluta oscuridad, una enorme pipa de aceite se le cruzó por delante. Perdió un ojo. Sufrió lesiones graves en la cara. Quedó en coma.

No creían que fuera a sobrevivir. Lo trasladaron al Hospital de la Universidad de Stanford. Le reconstruyeron la cara. Le inmovilizaron la mandíbula con alambres durante un año. Tuvo que volver a aprender a hablar.

Sin embargo, encontró un nuevo propósito después del accidente. En lugar de morir, retomó su excelente trabajo, y también pasó de ser un surfista del sur de California y un abogado litigante de carácter fuerte a convertirse en maratonista, conoció a su esposa y formó una familia. Conoció a Olivia y se convirtió en un papá presente, primero para su hija Jacquelyn (Jackie) y luego para Jonathan.

Mo fue juez del Tribunal Municipal y Superior del Condado de Monterey durante tres años, tras haber sido nombrado por el gobernador Brown. Perdió las elecciones cuando los agricultores organizaron la candidatura de un fiscal adjunto del distrito para que se presentara en su contra, haciendo énfasis en su discapacidad. Al fin y al cabo, Mo había luchado por la gente que no le caía bien a los poderosos.

Empezaron de nuevo en San Diego, y él trabajó para el Tribunal de Apelaciones del Cuarto Distrito hasta que Jerry Brown asumió el cargo de fiscal general del estado en 2007, mientras que Mo se encargaba de los casos laborales.

Al año siguiente empezó su tercera tragedia. El cáncer de esófago hizo metástasis en sus ganglios linfáticos y en el hígado, lo que provocó la aparición de cuatro tumores cancerosos del tamaño de una pelota que invadieron su hígado. Los médicos no esperaban que Mo sobreviviera.

Encontró a un oncólogo que le recetó la quimioterapia más intensa. Iba a recibir los tratamientos y luego conducía con Olivia hasta Nuevo México para ir de puerta en puerta en la primera campaña presidencial de Barack Obama. Regresaba a California para recibir más tratamientos y luego volvía a tocar puertas por Obama. Mo creía en la aplicación de las leyes como una forma de cambiar vidas, pero también consideraba importante la política electoral.

Siempre estuvo presente como papá y esposo, incluso cuando eso resultaba difícil. Mo tuvo que dejar de conducir después del accidente, así que para llegar a su trabajo en la Corte de Apelaciones de San Diego tenía que hacer un viaje de una hora en autobús y trolebús.

Pasaba por esto mismo cada vez que corría para asistir a los eventos deportivos de sus hijos. Su forma de estar presente no era como entrenador ni platicando con otros papás. Era correr varias millas desde el centro de la ciudad para ver las actividades de sus hijos — y que ellos supieran lo que él tenía que hacer para llegar hasta ahí.

Él cuidaba a los niños cuando Olivia asistía a clases nocturnas para convertirse en maestra. Se encargaba de todo, desde cocinar hasta ayudarles con la tarea.

Mo también corrió 79 maratones, incluido uno en menos de tres horas. Escribió tres libros.

Lo que lo hacía único era que, para los campesinos y los demás para los que luchaba, superar la adversidad se volvió tan importante como las montañas que escalaba. El mismo espíritu de lucha que aplicaba a las batallas legales de la gente lo ayudó a superar sus propias dificultades. Inspiró a personas de todos los ámbitos de la vida: activistas, abogados, inmigrantes, estudiantes y personas con discapacidad.

Superar la adversidad también significó no preocuparse nunca por lo que los demás pensaran de su apariencia. A partir de 1977, a menudo se le escurría la saliva porque tenía la mitad de la cara paralizada. Cuando lo invitaban a dar charlas en escuelas secundarias y universidades, entraba con ropa que no combinaba: pantalones caqui demasiado grandes, botas de vaquero, un suéter y una visera. Para algunos, podía parecer una persona sin hogar, discapacitada o desfigurada.

Pero cuando la gente lo escuchaba hablar sobre sus logros profesionales y sobre cómo había superado una tragedia personal, veían mucho más que su apariencia. Algunos estudiantes se quedaban boquiabiertos. “¿Cómo pudiste hacer todo esto?”, le preguntaban. “Simplemente lo haces”, respondía él. “Si ves que algo está mal, haces algo al respecto”. Mo impartió poderosas lecciones sobre la empatía sin siquiera mencionar esa palabra.

Todas las noches les leía a sus hijos, eligiendo libros con moralejas y valores, como por ejemplo La pequeña locomotora que sí pudo.

Al final, cuando sufría un gran dolor debido a su segunda batalla contra el cáncer, Mo disfrutaba de la compañía de su nieta Josephine, quien continuará con su legado.

Este artículo fue publicado primero en el sitio web de la Unión de Campesinos. Se ha editado levemente y ha sido reproducido con permiso.

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