Regreso al hogar, a la tierra La Nación Ohlone Costanoan Esselen celebra la transferencia de tierras a la tribu

REPORTAJE |

Artículo y fotos por Claudia Meléndez Salinas
Traducción por Víctor Almazán

Louise Miranda Ramírez, presidenta de la Nación Ohlone Costanoan Esselen, ha esperado dos años para recuperar parte de las tierras que originalmente fueron el hogar de su pueblo. Esto, si empezamos a contar desde que la parcela de 84 acres conocida como Tarpey Flats fue adquirida por el fideicomiso Big Sur Land en abril de 2024.

Para ser más precisos, Miranda Ramírez ha esperado toda una vida para que finalmente su tribu se erigiera como la legítima propietaria de la tierra que alguna vez perteneció a sus antepasados — una porción de tierra que alberga pastizales perennes y anuales, bosques costeros de robles, chaparral marítimo y bosques de pino de Monterey.

“Todo lo que Louise ha hecho en los últimos 20, 25 o 30 años de su vida la ha llevado a este momento y a este lugar”, dijo Deborah Miranda, hermana de Louise y autora del libro “Bad Indians”, memorias de la tribu.

“Louise tuvo que aprender los enredos del asunto. Tuvo que aprender las leyes sobre restos humanos, tuvo que aprender cuáles eran las posibilidades de recuperar las tierras, cómo podíamos reconstituirnos como tribu después de haber estado dispersos durante tanto tiempo. Yo empecé con el libro con solo un montón de fragmentos de información. Ella empezó con fragmentos de una tribu y tuvo que reinventarnos.”

Miranda Ramírez y miembros de la Nación Ohlone Costanoan Esselen celebraron con comida, música y poesía la transferencia de la tierra a la tribu, en una reunión el 1 de agosto, donde su lengua ancestral se pronunció una y otra vez en lecturas, canciones y presentaciones.

“Somos de aquí. Siempre hemos estado aquí y siempre estaremos aquí”, dijo Louise a la multitud en inglés y en esselen.

Ante el consejo de la tribu, constituido por siete mujeres, recitó una oración a la tierra, también en ambos idiomas.

“Hoy pedimos al honorable creador que devuelva la vida a esta tierra. Le pedimos que proteja nuestra patria, Iwanomatsa. Pedimos a nuestros venerables ancestros que protejan la tierra que pisaron y habitaron. Pedimos al venado, al oso, al lobo, al águila, al colibrí, al búho, al coyote y al halcón de cola roja. Oramos por la sanación de la tierra y de los corazones. Ofrecemos tabaco, salvia, estafiate y cuentas en nuestra oración, y le pedimos al creador que nos proteja y nos una como familia”.

Miembros de la tribu viajaron desde toda California para compartir este momento trascendental, entre ellos Deborah, que ahora vive en Eugene, Oregón.

Nicole Sandoval creció visitando a su abuela, una mujer pequeña y delgada cuya piel mostraba las marcas de una larga vida. Su abuela vivía en un parque de casas rodantes, hablaba poco inglés, hablaba principalmente en su lengua materna. Tras años de presión para asimilarse a la cultura estadounidense dominante, Sandoval y sus hermanos recuperaron parte de su herencia indígena.

“Estaba en la universidad cuando celebramos una ceremonia en la casa de mi tía para darnos nombres espirituales, y plantamos una secuoya en su propiedad”, dijo. “Querían celebrar una ceremonia para dar nombres espirituales indígenas a los hijos de la familia”.

Sandoval vive en Petaluma; su hermana vive en Fremont, su hermano menor en Los Ángeles y otro hermano en San Francisco. Todos se reunieron en Monterey para la ceremonia.

“Es sorprendente estar aquí hoy”, dijo. “A medida que crecimos, llegamos a ser parte de la búsqueda del conocimiento (antiguo). Ver a Louise, mi tío Joe y los otros primos trabajar tan duro para conseguirnos el reconocimiento de California y obtener esta tierra es increíble”.

La porción de tierra recuperada por la Nación Ohlone Costanoan Esselen (OCEN) es una parcela de 84 acres ubicada frente al Aeropuerto Regional de Monterey, al sur de la Carretera 68. La transferencia se financió con fondos de la Comisión de Conservación Costera del Estado de California. El Fideicomiso Big Sur Land facilitó la transacción, ya que el terreno se adquirió, presumiblemente, para su conservación y preservación. Originalmente, estaba en el mercado para desarrollo residencial y comercial, con planes para construir hasta 37 viviendas unifamiliares.

El proyecto requirió años de cultivar relaciones y gestionar trámites burocráticos: identificar el terreno, comprarlo y obtener los fondos para transferir la parcela a OCEN. Tan solo transferir la titularidad a la tribu, una vez que el Fideicomiso Big Sur Land cerró la operación, tardó más de dos años.

“Lleva tiempo, llevó aún más tiempo” todo el proceso, dijo Rachel Saunders, vicepresidenta de conservación del Fideicomiso Big Sur Land. “Antes de eso, trabajamos para adquirir el terreno. Solo trabajamos con vendedores dispuestos. Es necesario desarrollar relaciones, encontrar financiamiento y colaborar con agencias estatales”, explicó. “Hay ocasiones en que se abren oportunidades para solicitar subvenciones. Por lo general, la adquisición de un terreno tarda entre dos y cuatro años en completarse si se intenta obtener financiamiento público”.

Miranda Ramírez quería que los miembros jóvenes de la tribu se familiarizaran con la tierra y recibieran capacitación en gestión ambiental, dijo Saunders, lo cual también requería tiempo.

“Desarrollamos conjuntamente un plan básico de gestión que la tribu puede utilizar según lo considere oportuno. Todo esto requirió tiempo para conseguir fondos, establecer sistemas y programar estas jornadas en la tierra con quienes Louise denominó los ‘guardianes del conocimiento de la tierra’. Nos encantaría que fuera sencillo, pero debemos asegurarnos de seguir un conjunto de normas y prácticas”, afirmó.

En marzo, Miranda Ramírez enfermó gravemente y tuvo que ser hospitalizada. Sus niveles de hemoglobina bajaron drásticamente sin explicación aparente. “El médico me dijo: ‘No tienes sangre’”, dijo. Tras recuperarse y regresar a casa, solicitó que se agilizara el proceso.

“Quiero que empecemos el proceso de compra-venta”, le dijo Miranda Ramírez a Deidre Monroe, gerente de adquisiciones de tierras del fideicomiso. “Si voy a morir, que este lugar quede a nombre de mi gente. No lo prorroguemos más”.

El cierre de la transacción se concretó en junio. A principios de julio, Miranda Ramírez, otros miembros de la tribu y un grupo de voluntarios comenzaron su labor de conservación de la tierra. Fin de semana tras fin de semana, voluntarios de un grupo de solidaridad con Palestina, la organización sin fines de lucro MILPA, con sede en Salinas, y otros miembros de la comunidad ayudaron a podar arbustos y limpiar de hierbas, hojas y piedras el área para dar la bienvenida a los asistentes a la celebración.

El 1 de agosto, la nación compartió su éxito con miembros de la tribu y amigos en la tierra donde, sin duda, sus ancestros deambularon hace siglos.

Los asistentes compartieron comidas preparadas con ingredientes autóctonos y escucharon un fragmento de “Iya: The Ex’celen Remember”, una obra de teatro escrita por el artista y activista local xago Juárez, inspirada en las historias de Miranda Ramírez.

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Sonya Tetnowski, miembro de la tribu Makah y directora ejecutiva del Centro de Salud Indígena del Valle de Santa Clara, se dirige a los participantes en la ceremonia de bendición. Foto de Claudia Meléndez Salinas para Voces de la Bahía de Monterey.

Sonya Tetnowski, directora ejecutiva del Centro de Salud Indígena del Valle de Santa Clara, leyó un emotivo análisis del significado del día.

“El pueblo Esselen ha portado algo que ningún documento, ninguna ley ni ningún gobierno ha podido borrar: su identidad, su cultura y su sagrada responsabilidad de cuidar esta tierra”, dijo Tetnowski. “Si bien la historia trajo consigo desplazamientos, desarraigo y dificultades inimaginables, jamás extinguió el espíritu del pueblo Esselen. Hoy recordamos una verdad profunda: los pueblos indígenas no están regresando a la tierra. Nunca la abandonaron. Lo que regresa es el reconocimiento. Lo que regresa es el respeto. Lo que regresa es la oportunidad de restaurar una relación que jamás debió romperse”.

Miranda Ramírez tiene grandes planes para la tierra. Conservarla, por supuesto. Y un centro comunitario, un lugar donde los miembros de la tribu puedan reunirse, aprender historias, su idioma y conocerse entre sí. Un huerto para que los miembros de la tribu tengan acceso a alimentos y nunca pasen hambre. Un lugar especial donde los restos de sus ancestros, que alguna vez estuvieron en museos como artefactos, finalmente puedan descansar en paz.

Pero el camino que les espera sigue siendo incierto. La tribu ya ha tenido encuentros desagradables con miembros de la Asociación de Propietarios de Monterra Ranch, con quienes comparten un camino de acceso. Inicialmente, Miranda Ramírez creía que Tarpey Flats otorgaba a Monterra un derecho de paso para acceder al complejo de lujo, pero los derechos podrían no estar tan claros. Es posible que tengan que intervenir equipos legales, y la tribu no cuenta con grandes recursos económicos, o mejor dicho, casi no cuenta con recursos.

A la nación nunca se le informó que el derecho de paso estaba en sus tierras, “y ahora no nos queda más remedio que llamar a un agrimensor. “Va a ser difícil”, dijo Miranda Ramírez. “Ni siquiera nos hemos presentado. ¿Por qué íbamos a tener problemas?”.

La presidenta había planeado un día perfecto para la celebración. Iba a lucir sus insignias e iniciar con una bendición. En cambio, estuvo corriendo de un lado a otro haciendo preparativos, y el día no transcurrió como lo había imaginado.

Aun así, era una mañana soleada con un viento suave que susurraba entre las hojas de los robles cercanos.

“La zona es preciosa, y gracias a la ayuda de voluntarios —como MILPA, un grupo de apoyo a Palestina y un arqueólogo de la Universidad Estatal de San José que ayudó a rastrillar y a podar los arbustos—, el lugar quedó limpio. Fin de semana tras fin de semana, vinieron a trabajar allí.”

Se invirtió mucho esfuerzo en convertir ese terreno indómito en un espacio que pudiera alojar huéspedes, aunque solo fuera por un día, y Miranda Ramírez quiere reconocerlo, recordando que aún queda mucho trabajo por hacer y que otros miembros de la comunidad deberían involucrarse.

“Mi nieta se quedó en una tienda de campaña y todavía está recortando maleza”, dijo. “De ahora en adelante, ahí es donde tenemos que reunirnos”.

“Sólo es el comienzo. Nuestra vida allí apenas empieza.”

Acerca de Claudia Meléndez Salinas
Claudia Meléndez Salinas es autora, periodista, nadadora de aguas abiertas y aficionada a los gatos.

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Claudia Meléndez Salinas is an author, journalist, open water swimmer, and cat lover. | Claudia Meléndez Salinas es autora, periodista, nadadora de aguas abiertas, y aficionada a los gatos.