Entre Salas y Watsón El sistema de “pagar por jugar” afecta negativamente a los jugadores de clase trabajadora. Pero a la larga, está robando al fútbol estadounidense de su máximo potencial.

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Por Nate Abaurrea
Traducción: Centro Comunitario de Información

Era febrero del 2016 cuando recorría mi ciudad natal de Watsonville en el antiguo  ‘Vo.

En la distancia, podía ver las luces de Geiser Field en el campus de Watsonville High, mi alma mater, donde nuestra clase de 550 al comenzar la prepa se convirtió cuatro años más tarde en una clase de 250 graduados, con solo 32 de esos estudiantes transfiriéndose a universidades de cuatro años.

En un acto de nostalgia afectuosa, decidí pasar por el estadio para lo que pronto descubrí que era un brillante partido de fútbol entre los Grizzlies del Valle de Pájaro (quienes todavía tienen que usar el estadio de su rival para los partidos de casa a pesar de haber sido fundados en 2007) y los troyanos Alisal del Este de Salinas, un programa conocido en toda la zona como “el nido de fútbol”.

Era noche de los de cuarto de prepa, y el fútbol en exhibición esa noche fue uno de los mejores que he visto en el nivel Sub-18.

Acababa de regresar de mi propia temporada de entrenamiento en la escuela secundaria en Redding, donde durante tres meses pude ver y trabajar con algunos de los mejores talentos del fútbol juvenil en el norte del estado, casi todos los cuales jugaban en clubes y venían de familias relativamente privilegiadas.

No quiero faltarle el respeto a ninguno de mis ex jugadores, o contra aquellos contra los que nos enfrentamos (incluidos los Vikingos de Pleasant Valley de Chico y su increíble racha invicta de 101 partidos, un récord en estado de California), pero después de diez minutos de  Valle de Pájaro v. Alisal en la Costa Central, mi cerebro se sacudió y mi corazón se emocionó.

El ritmo del juego me hizo sentir como si en el norte hubiera estado entrenando y viendo fútbol en arenas movedizas. La habilidad técnica, las carreras calculadas, los desafíos rígidos, el coeficiente intelectual de fútbol de ambos equipos ponen en vergüenza a todos los demás.

Durante los anuncios sobre los alumnos por graduarse antes del silbido inicial, casi todos los jugadores de ambos bandos dijeron que estaban destinados a entrar a trabajar o a un colegio comunitario local.

Unos pocos jugadores habían sido aceptados en los campus más accesibles de la Universidad Estatal de California como San José y Bahía de Monterey. También me enteré esa noche que un ex jugador de Alisal y entrenador asistente, Dany Pulido, estaba destinado a San Luis Obispo para jugar por Cal Poly con una beca completa, después de un año ejerciendo su oficio en Hartnell Community College en Salinas y después de haberse graduado de la prepa.

Algunas de los alumnos por graduarse no tenían planes. Algunos de ellos sabían que podrían no graduarse. Algunos dijeron que seguirían jugando o se volverían entrenadores. Otros sabían que podrían terminar abandonando el juego que aman, simplemente porque tenían que enfocarse en otros asuntos más apremiantes en sus respectivas situaciones personales.

Pensé en cómo algunos de esos muchachos, con el talento que tenían en su propia arena, no habrían durado cinco minutos en el campo Geiser Field esa noche. Había una mentalidad diferente en juego aquí.

Seguí pensando en todo esto mientras observaba el partido, estas realidades tan comunes que uno nunca podría entender a menos que haya vivido en estos vecindarios, haya asistido a estas escuelas, haya caminado por estas calles y haya experimentado la pobreza, la falta de la autoestima o propósito, las drogas, la violencia de las pandillas y las luchas cotidianas no tan promedio que pueden hacer todo lo posible para hacer vidas jóvenes y prometedoras fracasar.

Como solía hacerlo cuando crecía, miré a mi alrededor y vi que era el único anglosajón entre unos cien mexicoamericanos en una fresca noche de jueves en The Ville. Comencé a pensar en todas las conexiones que los jugadores en el norte tenían, acceso a recursos y entrenamiento de élite, y, lo que es más importante, a canales legítimos para academias de desarrollo de la NCAA y academias de fútbol soccer. Pensé en cómo algunos de esos muchachos, con el talento que tenían en su propia arena, no habrían durado cinco minutos en el campo Geiser Field esa noche. Había una mentalidad diferente en juego aquí.

Toda mi vida futbolística comenzó a desfilar ante mí, estos dos mundos futbolísticos separados que conocía y cómo ambos se relacionaban con el juego profesional que cubria para ganarme la vida. El partido de alguna forma estaba mejorando, así que me estaba enojando más.

“¿Por qué estos chicos, con el talento y la dedicación que tienen, no tienen las mismas oportunidades?”, me pregunté.

“Porque son Salas y Watsón”, el duendecillo en mi hombro respondió mientras se reía cínicamente y pisteaba.

Regresé a mi mundo, a mi hogar, y me sentí revitalizado y desmoralizado.

Es difícil articular correctamente qué tan bueno era este equipo de Alisal. No eran perfectos. Habían perdido por un pelito un de partidos fuera de la liga a principios de la temporada, ambos fuera de casa frente a un par de potencias de escuelas privadas del Área de la Bahía, De La Salle y Bellarmine. (Mi Watsonville Wildcatz también obtuvo un punto en un empate 1–1. Bien hecho, muchachos).

No se trataba de récords o rachas ganadoras esa noche. Se trataba de ver cómo se jugaba el fútbol real. El gran talento individual fue maravilloso, junto con el deseo colectivo, la camaradería y el entusiasmo provenientes de la línea de banda y los jóvenes en el banco, ansiosos por una probada de acción en la noche.

Dios mío. Era como una cultura profesional en muchos sentidos, el palpable sentido de orgullo que sentían al llevar el escudo Alisal. Verlo fue absolutamente glorioso.

Los muchachos de P.V. no se quedaron atrás, los Grizzlies Verdes de The Ville con muchos buenos momentos propios en una noche realmente agradable de fútbol para el observador neutral. El partido finalmente terminó 2–2 en una final salvaje. Solo fueron cosas buenas, 80 minutos de calidad de cada jugador en el campo.

Recuerdo haber dejado la cancha esa noche preguntándome qué podría hacer para ayudar, qué podría hacer para lograr un cambio.

Quería encontrar formas en las que pudiera usar mi plataforma para mostrar problemas que me han importado desde que era un niño, un niño que se conectaba más con la mayoría de los niños y familias mexico-americanas que me rodeaban porque podía relacionarme con ellos a un nivel financiero y social que la mayoría de los blancos del Condado de Santa Cruz y del Área de la Bahía de Monterey no tendrían interés en comprender jamás. Es una conexión cultural y humana por la que estoy inmensamente agradecido y que me ayuda hasta el día de hoy en mi carrera profesional. Y todavía hay mucho que aprender.

En los dos años y medio transcurridos desde esa noche, se han escrito cientos de artículos de calidad sobre estos temas, incluyendo la falta de atención que US Soccer ha demostrado para la población latina de este país, la desconexión cultural entre US Soccer y las comunidades minoritarias, y el clasismo general del sistema de fútbol juvenil de “paga para jugar” que conduce a una falta casi completa de atención para las personas pobres de todos los credos y colores en este país.

Esto incluye a niños como yo, que nunca se convertirían en profesionales, pero que nunca tuvieron la oportunidad de jugar en un club de fútbol competitivo porque los miles de dólares que se necesitan anualmente estaban fuera del alcance de mis padres sin parejas.

Esto también incluye, de manera mucho más pertinente, a la mayoría de los jóvenes de Alisal y Pajaro Valley (y Watsonville High), y la mayoría de la población latinoamericana en estos Estados Unidos, los potenciales futbolistas profesionales que permanecen en la sombra permanente, a pesar de trabajar duro durante años y tener mucho talento para ofrecer.

Este movimiento periodístico es algo bueno, y muchos de los ciudadanos preocupados finalmente plantean muchos de los problemas necesarios. Se están creando diálogos significativos. Es un comienzo.

Pero solo un mes después de que su equipo perdiera la Copa Mundial, el ex entrenador en jefe de la Selección Nacional Masculina de los Estados Unidos, Bruce Arena, dijo, literalmente, en la televisión nacional durante el medio tiempo de un amistoso entre Portugal y Estados Unidos, “los jugadores NO se cuelan por las grietas del fútbol en Estados Unidos”. Casi al mismo tiempo, Sunil Gulati comparó “pagar para jugar” con “lecciones de piano ”.

En septiembre, un artículo brillante de Lauren Hepler y Lilian Michelena se publicó en el L.A. Times, titulado “EE. UU. pierde prospectos de fútbol mientras los talentos de California regresan a México en busca de oportunidades.”

La historia se construye alrededor de Alisal High School y la ciudad de Salinas, particularmente en el famoso East Side, que ilustra lo que significa el fútbol para la comunidad local y por qué tantos jugadores dedicados luchan por encontrar las oportunidades que tan a menudo merecen.

Un núcleo de la pieza es el joven Dany Pulido, la única estrella de Alisal que recientemente se aventuró a México para luchar por un contrato profesional de primera con Querétaro. Dany nunca llegó a jugar para Cal Poly. Hubo una discrepancia académica con Hartnell. Nunca pudo seguir adelante con la beca universitaria completa. Se arrepiente, pero también tiene otra oportunidad, la cual le llegó del sur de la frontera. Pulido es uno de los tres ex jugadores del Alisal que se aventuró a México en el 2018 para jugar profesionalmente.

La saga de Jonathan González es un ejemplo. González, un mediocampista de Rayados de Monterrey de 19 años de edad que creció en Santa Rosa y jugó para casi todas las selecciones nacionales juveniles de EE. UU., cambió exitosamente su lealtad a México en un movimiento “único” aprobado por la FIFA en enero de 2018. El jugador nunca hizo su debut internacional con los EE. UU., lo que habría impedido el movimiento por completo. González en cambio realizó su debut en el equipo de El Tri poco después de convertirse en parte elegible del grupo de jugadores mexicanos, y toda la historia representa en gran medida la falta de supervisión y la desconexión cultural del fútbol soccer en los Estados Unidos. Personas con importantes plataformas profesionales finalmente se están dando cuenta de las deficiencias competitivas (sin contar las consecuencias sociales) que se derivan de un sistema para desarrollar jugadores tan clasista y con frecuencia xenófobo — artículos como los que se han publicado recientemente en Los Angeles Times, The Guardian y otros medios de comunicación importantes son cada vez más útiles y bastante poderosos en ese aspecto.

Hasta que las personas en posiciones de poder dentro y fuera del fútbol en Estados Unidos se tomen el tiempo para escuchar a las personas que desean que nuestro equipo nacional ... seguiremos cantando la misma canción en los mismos bares.

Grupos de personas que nunca quisieron dar importancia a estos pensamientos e ideas por lo menos comienzan a prestar atención, a leer un artículo, a hacer un retweet o dos, e incluso tal vez a aprender algo. Esto es algo bueno.

Existe un movimiento de iluminación multicultural actualmente en el panorama del fútbol de los Estados Unidos y, con él, una creciente comprensión de los subproductos del clasismo y racismo repugnante en nuestra cultura futbolística.

Sin embargo, hasta que las personas en posiciones de poder dentro y fuera del fútbol en Estados Unidos reconozcan la mera existencia de estos problemas, estos asuntos vitales, y luego se tomen el tiempo para escuchar a las personas que desean que nuestro equipo nacional tenga éxito en el escenario mundial, las personas con una mentalidad de “para la próxima generación”, personas que simplemente piden igualdad de oportunidades, personas que desean que nuestra cultura del fútbol refleje la diversidad que hace que nuestro país sea hermoso … hasta entonces … seguiremos cantando la misma canción en los mismos bares.

Una porra a Lauren Hepler y Lilian Michelena, y a la persona que me guió a su artículo sobre Alisal, el indomable Tom Marshall, uno de los catalizadores del movimiento #LigaMXeng (en Twitter @mexicoworldcup).

Y saludos a Mark Cisneros, maestro y entrenador de fútbol de varones en Alisal, que no tuvo reparos para expresar en ese artículo la honestidad brutal que a veces es necesaria para promulgar un cambio positivo.

“Por aquí, hay dos formas de demostrar que eres un hombre”, dijo Cisneros. “Fútbol o pandillerismo”.

Esa cita golpeó duro. Es real.

Estas historias son reales. El talento es real. La pasión es real. Y a pesar de lo que Bruce, Sunil y cualquier otra persona leal al establecimiento puedan decir, los innumerables jugadores potenciales de alto nivel de Salinas, Watsonville, etc., que se pierden por las pandillas, la violencia o simplemente la falta de oportunidades son muy reales.

Simplemente ya no podemos esperar a que llegue el cambio. A medida que impulsamos la reforma nacional, también debemos asegurarnos de apoyar y explorar nuestras propias comunidades locales de fútbol, ​​vecindario por vecindario, calle por calle, haciendo los trabajos que la “élite” siempre ha rechazado.

Por cada diamante en bruto, estas excepciones a la regla que salen de su propio ghetto, barrio o parque de casas móviles, hay miles más que nunca conoceremos. Vamos a cambiar eso, juntos.

Saludos a todos.

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Nate Abaurrea

About Nate Abaurrea

Hailing from Watsonville, California, Nate Abaurrea is a writer and broadcaster specializing in coverage of soccer on both sides of the USA-Mexico border. He also loves wine. And tacos.